Esta noche han llegado las visiones. No sé si son recuerdos o simples alucinaciones. Pero se me graban.
Daba vueltas y vueltas. De repente:
¡ ¡ ¡ZAAAAASSSSS!!!!!
Un fuerte golpe en la cabeza. Arrrrrrgggh Me pica a rabiar. Veo un palo. Una tabla plana, resto del naufragio, claro está. Dios, veo las estrellas literalmente!.
No puedo dejar de rascar el golpe, enredándome el pelo.
Según puedo explorar mi alrededor, se va formando una figura. Un anciano del largas barbas y bigotes, con los ojos oblicuos y montado en un burro, sostiene la tabla en su mano y me señala mientras se retuerce de risa.
Grita: “¿Para que son las premoniciones, Wu?”
Automáticamente contesto: “Para no abandonar el Tao”
“¿Y a qué huelen las flores ahora, Wu?”
“huelen a mi, señor”
“Entonces, estúpido Wu ¿qué voy a hacer contigo?”
Y de repente el delirio. La risa lo inunda todo. Me siento poseído y las carcajadas me tiran al suelo. El anciano ríe como yo, pero poco a poco se va recomponiendo y saca una enorme botella de vino, y dos copas de fino cristal, de las alforjas del burro.
“Bebamos, pequeño saltamontes”.
Nos pusimos finos.
Después volví a dormir a pierna suelta. Al despertar, claro está, el anciano no estaba.
El olor a flores salvajes lo inundaba todo. El dolor de cabeza no me pudo borrar la sonrisa de oreja a oreja.
Construiré una cabaña, si. Quizá también una hamaca. Quizá esté ocupado por unos días. ¡Qué divertido es todo!