Con los ojos
primero
con la sangre después
los puentes del alma
las columnas de piel
la saliva el jadeo el susurro la miel
la batalla
suave
la caricia, la sed
y morir derramado
en tu flor de mujer
Con los ojos
primero
con la sangre después
los puentes del alma
las columnas de piel
la saliva el jadeo el susurro la miel
la batalla
suave
la caricia, la sed
y morir derramado
en tu flor de mujer
A veces divago
a veces
volutas grises de pensamiento inútil
me rondan
escenas de dimes y diretes
de ventes y vetes
y todo queda limpio
en segundos
por el tsunami puro
de agua cristalina
de tu coño rosa
Todo es tan… extraño. Aunque en el fondo yo ya lo sabía. Recuerdo cuando me parecía estar en una isla desierta. Recuerdo el horizonte, inalcanzable. La arena ardiente. La selva amenazadora.
Ahora el horizonte ante mí es una radiante e impecable postal. El hermoso sol sonriéndome como siempre.
Girarme y verte ahí tumbada, con los pechos desnudos acariciados por la brisa, la vegetación detrás, las montañas, la realidad…
Me miras y frunces el ceño. Sé que piensas que en qué estaré pensando con esta sonrisa torcida. Basta con mirarte una décima de segundo fijamente a los ojos para que sepas que todo va bien, que es uno de esos pensamientos maravillosos, con los que fabricamos la magia, con los que encendemos estrellas.
Miras de nuevo la revista, pero yo puedo leerte. Puedo verte abierta y mirar dentro. Sé que piensas en cómo llegó esto. Cuándo aprendimos a volar. Cuando todo giró y caímos dentro del cuento. Cuándo fue que los conejos blancos empezaron a hablar, cuando empezó a caer polvo de hadas de tu piel al sacudirte, cuando me convertí en el Fauno, en Pan, en el bosque.
Pero ¡zas! te cerraste. No puedo leerte. Me miras otra vez y la sonrisa cruza tu rostro entero. Los párpados se aprietan levemente y con los ojos me dices ¡eh! recuerda que el pasado ya no existe, a mi se me estaba olvidando.
Una ceja desciende, muy despacio, muy despacio, pero la mirada sigue clavada en mí.
Sé lo que quieres ahora.
Vamos a jugar
Hace días que no duermes en mi cama
por eso algunas mañanas
me despierta, desde bajo la almohada
la manga de tu pijama
acariciando mi oreja
susurrándome en la cara
“que ganas de levantarme
una de estas mañanas
contigo desnudo y violento
arrancándome de la piel para arrojarme a la entrada
y observar vuestros juegos de adultos
de lejos acurrucada”